Pieza del mes

[history_content_block sc_layout=”two” sc_desc=”La última vitrina del Museo presenta al visitante una pieza procedente de la reserva que reemplazamos cada mes. Este artefacto suele entrar en diálogo con actividades que desarrollamos.

En esta sección, podrás consultar los artículos escritos mensualmente por el área educativa del Museo en torno a la pieza seleccionada.” sc_img=”2877″ sc_title=”Pieza del mes”]

Ceremonialidad, danza y tocados

 

 

Mesa con personaje antropomorfo masculino

25cm x 12cm

Cultura Jama-Coaque (500 a.C – 1530 a.C)

 

La danza ha sido, desde tiempos inmemoriales, una práctica que concentra el gozo, la celebración y la ritualidad. Así mismo, los accesorios y vestidos de quienes practican el baile o forman parte de las ceremonias, han ido cambiando con el paso del tiempo y entre culturas. La pieza que se exhibe durante el mes de junio nos muestra detalles icónicos relativos a la danza, las prácticas rituales, y además representa una remembranza del uso de tocados que muchos pueblos originarios de América portan hasta la actualidad.

El danzante es por excelencia, un personaje fundamental dentro de las prácticas de celebración. En varias culturas, la vida ritual se encuentra marcada por la celebración, puesto que marca diferencias entre la vida cotidiana y los tiempos sagrados, por tanto el celebrar también se ajusta a ocasiones especiales como las épocas de cosecha, en el caso de sociedades actuales de los Andes; como a ceremonias de iniciación o rituales específicos como el matrimonio.

Más allá de la celebración y su naturaleza, los personajes que forman parte de estos momentos ceremoniales y/o de disfrute, se presentan como seres estéticamente sobresalientes. El uso de adornos, decoraciones y accesorios corporales evoca esta estrategia estética, que consiste en resaltar los cuerpos de aquellos que emplean las ornamentaciones con fines festivos o rituales.

En la actualidad, uno de los personajes de las fiestas populares que sobresale por el uso de tocados llamativos es el “Danzante de Pujilí”. Su decoración está compuesta de una amplia estructura que se coloca sobre la cabeza, enriquecida con adornos, espejos, juguetes, papel de colores, textiles y más. No sería imposible imaginar que, para las sociedades precolombinas, el uso de tocados y decoraciones craneanas también pudo haber ocurrido durante momentos ceremoniales u ocasiones de relevancia.

Tocados en la sociedad Jama – Coaque

La sociedad Jama – Coaque, se desarrolló en la Costa centro y norte, de lo que hoy es Ecuador, entre el 300 antes de Cristo al 400 después de Cristo. En esta pieza perteneciente a dicha cultura, sobresalen las decoraciones corporales, los accesorios y, por supuesto, los tocados, antes mencionados.

Dentro de las figuras arqueológicas atribuidas a este grupo cultural en particular, se destacan varios diseños de tocados, representando caracolas, plumas, y otros motivos animales. En el caso de este danzante, se percibe la representación de una estructura laminar, que probablemente se efectuaba con alguno de los metales nobles, trabajados por artesanos del pasado, como la plata o el oro.

Adicionalmente, esta figura humana con decoración craneal y corporal, se encuentra de pie junto a una mesa, cuyo uso probablemente estuvo relacionado con actividades rituales. Si bien, las prácticas son un misterio que aún persiste en muchas de las investigaciones arqueológicas, la belleza de las representaciones culturales de este grupo por medio de su delicado y fino arte cerámico, son innegables.

Miguel Barreiros

Mediador Educativo

Adornos, estatus y poder

 

 

Colgante antropomorfo estilizado

16,6cm x 4,5cm

Cultura Chorrera (1000 a.C – 300 a.C)

 

El ornamento ha sido desde siempre un elemento importante en las sociedades  humanas. Desde una perspectiva estética, observamos que las decoraciones corporales constituyen una esencia ornamental que ha permanecido en múltiples grupos culturales a lo largo de la América precolombina.

Visto desde la historia del arte y la arqueología, el ornamento es de vital importancia para contemplar e interpretar a las sociedades del pasado. Es a partir de los ornamentos que se han podido construir interpretaciones sobre: prestigio, rol social y poder experimentado por los individuos del pasado, cuyos restos, en algunas ocasiones ausentes, son reemplazados por los ornamentos como remanentes de un sistema cultural.

Los accesorios y las decoraciones corporales pueden ser vistas como estrategias de diferenciación social, de estatus, rango, género o edad. Muchas de estas ornamentaciones, y en particular aquellas que son vistas como accesorios, muestran una bidimensionalidad y tridimensionalidad, que habla de la forma en la que se observa la trascendencia de los estilos y la materia que los contiene. Materiales como las rocas, piedras preciosas, conchas, huesos y metales, son algunos de los materiales significativos en la constitución de la artefactualidad precolombina.

La materialidad de los objetos se constituye en evidencia de las habilidades y el fascinante uso de los materiales en la creación de piezas excepcionales, muy bien talladas y contorneadas por los artesanos del Ecuador Precolombino. La belleza de los objetos solo puede ser superada por el horizonte temporal del que provienen, ya que algunos de ellos han sido sobrevivientes al arduo paso del tiempo, las fluctuaciones climáticas y los múltiples cambios en los estratos del suelo a lo largo de la historia.

Un ornamento de 3000 años de antigüedad

La pieza del mes de mayo es un colgante estilizado con una sobresaliente figura antropomorfa de la cultura Chorrera. Esta cultura habitó las costas de Ecuador entre el 1000 al 300 antes de Cristo. Muchos autores observan el trabajo estilístico de esta cultura como un elemento fundamental en la producción estética que ocurre en las costas del Pacífico durante  el periodo formativo tardío.

Los tonos blanquecinos del objeto delatan la roca metamórfica con la que fue elaborado. Dependiendo del ángulo, se observa como las sombras de la figura humana se proyectan sobre su superficie, creando una idea y sensación de texturas lisas en las incisiones y escisiones que componen la representación antropomorfa. En la parte posterior, se distingue un agujero o pasador que muestra su carácter utilitario, probablemente formaba parte de un collar, o era usado como un colgante; por su tamaño, se podría asumir que pertenecía a algún personaje de élite o de alta jerarquía que pudo usarlo como símbolo de estatus.

Los ornamentos son una muestra material de la importancia de la producción decorativa del pasado. Y su uso se conecta necesariamente con una dimensión social y ritual de los pueblos precolombinos, entre los cuales la cultura Chorrera asombra con sus formas y diseños.

Miguel Barreiros

Mediador Educativo

Flautas de hueso humano y camélido

 

Flautas de hueso

Cultura Manteño-Huancavilca (1100 – 1532 d.C )

Hueso
12×2 cm

Cada sociedad tiene una forma distinta de pensar la trascendencia. El paso entre la vida, en tal sentido, puede pensarse como un proceso breve o lento, doloroso o paciente. Las sociedades precolombinas del territorio que ahora llamamos Ecuador tenían varias tradiciones funerarias que resultan fascinantes hoy en día: desde el enterramiento de personas con abundantes ajuares funerarios que resultaron en herencia arqueológica de las sociedades del presente hasta entierros secundarios que, de forma muy delicada, separaron ciertos huesos del cuerpo para ubicarlos en decoradas vasijas de barro. Es entonces que los rituales funerarios del pasado nos llevan a pensar en miles de posibilidades de interacción con la muerte. En muchos de estos momentos se ve involucrado el sonido como un elemento de contención y síntesis de las creencias.

Las piezas del mes de Abril son un conjunto de flautas elaboradas con huesos humanos y de camélidos  por artesanos de la sociedad costera Manteño-Huancavilca (1100-1532 DC).  Para elaborar estos instrumentos, los manteños extrajeron restos óseos de contextos funerarios para luego pulirlos por fuera y aprovechar y ensanchar la cavidad medular central  que atraviesa la pieza de norte a sur; estos procesos transforman los huesos en instrumentos.

En primer lugar, las flautas de hueso nos enfrentan a un tabú: la posibilidad de transformar los restos humanos o animales en objetos con funciones específicas. Las flautas de hueso más antiguas datan de hace 60.000 años. Los Neandertales, Homo neanderthalencis, que no contaban todavía con un lenguaje, ya elaboraban flautas de hueso.

El uso de huesos humanos como materias primas, lejos de significar una ausencia de vehemencia por la muerte habla del carácter sagrado tanto de la muerte como del sonido. Tornar en hueso en sonido habla de una trascendencia ritual. Así mismo sucede con los camelidos.S us cuerpos, huesos y cabello se utilizaban de forma más cotidiana, como fuente combustible, de transporte y para el trabajo  textiles (para lana y agujas). A nivel ritual y sonoro, el cronista Guamán Poma de Ayala registra que, en ciertos rituales incas, se inducía el agudo llanto de las llamas para llamar a la lluvia.

En contextos actuales, todavía se elaboran pinkullus de camélido en el altiplano boliviano. El vínculo entre los sonidos agudos, tanto del llanto de la llama como de la flauta de hueso, nos habla de una continuidad construida a través del registro sonoro.

La cualidad acústica e instrumental del hueso le adjudica una textura sonora muy limpia. Los huesos generan sonidos agudos los cuales pueden variarse a partir de la disposición de agujeros de digitación a lo largo de las estructuras tubulares.  En el caso de la mayoría de nuestras piezas, contamos con agujeros de digitación similares a los de las quenas andinas del presente, estos se encuentran en línea recta y equidistantes. Algunas presentan también agujeros que salen del eje lineal y se ubican en disposición diagonal.

Finalmente, no podemos referir a estas piezas sin hablar de la adecuada y cuidadosa ornamentación de nuestras flautas. Cuentan con motivos espirales, lineales y circulares labrados en la superficie en una evidente armonía entre forma y función.

 

Representaciones caninas en América del Sur Precolombina

 

Botella silbato

Cultura Chorrera (1300 a. C. y 300 a.C )

Cerámica

 

El análisis de piezas sonoras del pasado es un complejo y fascinante desafío para la arqueología ecuatoriana. Y es que, si bien contamos con una cantidad amplia de objetos sonoros precolombinos, no contamos con fuentes etnográficas que demuestren sus usos cotidianos, técnicos y rituales en el presente. Es allí que la investigación arqueo-musicológica se enfrenta a la tarea de analizar estos sonidos en tanto voces del pasado. Sabemos que, de seguro, la tradición sonora de las sociedades antiguas fue una tradición interconectada en la cual los saberes se intercambiaban, evolucionaban y configuraban.

La pieza del mes de Marzo es una botella-silbato perteneciente a la cultura Chorrera 1300 a. C. y 300 a.C con forma canina, con tres agujeros de digitación. Cabe resaltar tanto su condición mecánica como iconográfica.

En primer lugar, está la tecnología cerámica que conocemos como botella-silbato: un sistema que combina agua, aire y sonido. En el 1000 a.C, la cultura Chorrera encontró la forma de generar flautas globulares con una estructura peculiar: una representación zoomorfa, antropomorfa o antropo-zoomorfa contiene una salida de sonido y se encuentra empotrada, a través de un puente, con una botella que sirve también como conducto de aire. Lo que resulta fascinante de estas piezas es su dimensión hidráulica, ya que se puede incorporar agua por el conducto de aire para que éste viaje por canales internos que empujan el aire y producen sonidos. Sorprendentemente, este sistema cuenta con agujeros de digitación que sirven para modificar el pitch. Esta tecnología fue heredada por Chorrera a sociedades del norte y del sur, así también como a las sociedades que vinieron después como Bahía (500 a. C- 650 d.C). Esta sociedad habitó el sur de Manabí hasta la provincia de Guayas en la costa ecuatoriana y heredó la mencionada tradición sonora.

Por otro lado, tenemos la dimensión iconográfica de la pieza. Se trata de la representación de un canino doméstico (canis familiaris). Los perros sudamericanos, menos abundantes que los norteamericanos, aparecen en diversas sociedades con el sedentarismo. Resulta fascinante su aparición indistinta, a veces simultánea, en territorios de Costa, Sierra e incluso Amazonía. El origen de este grupo de canis familiaris es desconocido. Si bien las evidencias arqueológicas son más abundantes en Ecuador y Perú, es notable que a nivel regional aparecen desde la zona andina hasta el cono sur. Sus funciones e interacciones con los grupos humanos se pueden relacionar con el trabajo, la compañía y el uso funerario. De hecho, gran parte de los restos arqueológicos caninos provienen de contextos funerarios; en muchos casos se presume que acompañaban entierros humanos. Se puede presumir que los perros ecuatorianos, de forma similar que los Viringos peruanos y los Xoloitzcuintles mesoamericanos, no tenían pelo y poseían una cantidad limitada de dientes.

Al momento de juntar la representación con la tecnología, es posible afirmar que, al coincidir estas esferas, las sociedades lograron representarse a sí mismas y a su entorno más allá del aspecto visual. Brindar sonido a una representación canina significa animarla y asignarle formas interesantes de interacción.

 

Jimena Muhlethaler

Mediadora educativa

Jimena Muhlethaler

Mediadora educativa

Pututo cerámico Carchi-Pasto

 

Pututo cerámico

Carchi – Pasto (1100-1532 d.C.)

22 x 17.5 cm

Cerámica

Las sociedades antiguas destinaron cierta parte de su desarrollo cerámico a la creación de artefactos sonoros, muchos de ellos inspirados en animales, plantas y demás entidades de la naturaleza.

En el caso de las caracolas marinas, su uso como trompetas comienza alrededor del 3500 a.C. Estas se seleccionaban por su gran tamaño e intervenían con una o más perforaciones que servirían de embocaduras para el ingreso de aire. A partir de esta intervención, toman el nombre de pututos tanto aquellas caracolas intervenidas para transformarse en instrumento de viento, como sus réplicas cerámicas.

A lo largo de la historia, el pututo ha sido registrado como acompañante de celebraciones y personajes importantes. Por ejemplo, en la leyenda de Naymlap, un gobernante mitíco llega a las tierras Lambayeque-Perú (700-1300 d.C) acompañado, entre otros personajes, de Pita Zofi: un trompetero encargado exclusivamente de tocar y cuidar de pututos y caracolas. Ya en tiempos coloniales, se documenta en crónicas como las de Guamán Poma de Ayala que relacionan su uso con la guerra. Entrado el siglo XX, fotógrafos como Martín Chambi registran su uso para el llamado a reuniones de cabildo en comunidades andinas.

La pieza del mes de febrero es un pututo cerámico la cultura Carchi-Pasto (1100-1532 d.C.), antiguos habitantes en la sierra norte del Ecuador. Esta pieza, sin embargo, se asemeja a una caracola marina, especie presente únicamente en ecosistemas cercanos al mar. En este caso, podemos observar que su superficie presenta pequeños abultamientos ubicados de forma sistemática los cuales sugieren la intención de representar una especie específica: la strombus alatus. Si bien esta especie no siempre cuenta con un número tan extenso de abultamientos, es posible que dicha forma natural se haya tomado como motivo para la ornamentación del pututo.

Sobre su función se puede decir que es una trompeta corta que emite un sonido grave. Además, cuenta con dos agujeros de digitación ubicados en la parte superior e inferior los cuales sirven para hacer variaciones en el tono. La estructura espiral interna permite la amplificación del sonido grave.

La replicación, tanto superficial (externa) como estructural (mecánica-interna), de la caracola marina resulta fascinante en los pututos cerámicos. Esto se debe, en primer lugar, a que da cuenta de procesos de intercambio entre las sociedades precolombinas de la costa y de la sierra, en los cuales materiales, productos y conocimientos fueron motivo de trueque. Dichos procesos derivaron en la representación cerámica y pictórica de especies inexistentes en los contextos receptores. Adicionalmente, nos habla de la innegable destreza de los ceramistas Carchi-Pasto quienes supieron moldear cámaras espirales de resonancia y las decoraciones específicas, necesarias para modelar este tipo de instrumentos.

Jimena Muhlethaler

Mediadora educativa

Antropomorfos globulares Cosanga

 

Figura antropomorfa globular

Cosanga (300 a.C – 1500 d.C)

28.5 x 20.2 cm

Cerámica

La cultura Cosanga, ligada al cacicazgo Quijos, se ubicó en el periodo de Desarrollo Regional (300 a.C.-400 d.C.) al de Integración (400 d.C – 1600 d.C.). Esta cultura se acentó en las inmediaciones de las actuales poblaciones de Papallacta, Cuyuja, Borja, Cosanga y Baeza ubicadas en la vía E22 con dirección a la Amazonía Noroccidental ecuatoriana.

Varios debates sobre los tipos de cerámica Cosanga se han dado en el Ecuador para entender cómo las poblaciones de los Andes se relacionaron con aquellas ubicadas en las cejas de montaña hacia la Amazonía (Cuellar, 2010). Varios importantes investigadores del pasado precolombino del Ecuador han aportado a entender esta cerámica en relación con los sistemas económicos y políticos de estas sociedades de tierras bajas. Un ejemplo importante es el historiador Jacinto Jijón y Caamaño, quien se refiere a esta tradición cerámica con el nombre de “Panzaleo”, aún en uso por arqueólogos ecuatorianistas.

Originalmente descrito por Pedro Porras como una cultura de mercaderes que sobrevivían del intercambio, estudios arqueológicos contemporáneos muestran que probablemente este grupo no solo basaba su economía en el intercambio, si no que se trataba de un cacicazgo agrícola importante. Existe evidencia del cultivo de distintos productos que dan cuenta del desarrollo de una economía autosustentada que no necesariamente dependía del comercio (Cuellar, 2011), así como lo había planteado Porras en años anteriores.

El intercambio seguro ocurría, pero no era necesariamente la base de la economía de esta sociedad, y es por ello que existen sitios que muestran la presencia de restos cerámicos Cosanga en zonas altas, probablemente el intercambio no solo ocurría en torno a productos y materiales, sino también en relación a bienes simbólicos que podrían dar cuenta de alianzas consumadas entre grupos culturales o cacicazgos locales y de tierras altas.

 

La representación antropomorfa

La representación antropomorfa es y ha sido recurrente en muchas sociedades humanas a lo largo de la historia, la figura antropomorfa intenta poner un énfasis en la experiencia humana que es compartida y sentida por los miembros de un grupo cultural.

El estilo globular, muy representativo en esta sociedad,  podría estar conectado con representaciones de opulencia o prestigio. En algunas de estas piezas se han encontrado restos de yuca (Serrano, 2018), sugiriendo que su uso pudo haber estado relacionado al consumo o elaboración de la chicha de yuca, otro producto común en los ecosistemas amazónicos.

 

Miguel Barreiros
Mediador Educativo

Plato Carchi-Pasto

con posible decoración de condor

Plato con posible decoración de Condor
Carchi-Pasto ( 1100 d.C- 1532 años d.C.)
Cerámica
14 cm de diámetro

La provincia del Carchi se ubica al norte de la Sierra del Ecuador, en el límite de la actual Colombia. En esta región existe una gran variedad de pisos ecológicos por la presencia de las hoyas del Chota y del Carchi. Esta diversidad implica la presencia de zonas cálidas con cultivos subtropicales, zonas templadas donde se encuentran minas de oro, plata y mármol y zonas altas con presencia de páramos y cóndores.

Sobre los grupos humanos del Carchi antiguo, fuentes etnohistóricas mencionan la existencia de un grupo conocido como los Pastos. Se sabe también que los incas llamaron a este grupo Quillacingas que significa “nariz de luna”, dado que los caciques de esta cultura utilizaban narigueras de metal en forma de media luna.

En la cerámica Pasto, testimonio material del acontecer cultural de esta sociedad a lo largo del tiempo, se reconocen tres fases: Capulí, Tuza y Piartal. En las piezas arqueológicas de esta cultura es posible encontrar representaciones de la biodiversidad de la zona, de personajes característicos de los grupos humanos y sus formas de organización, y de estrellas y planetas visibles en el paisaje andino nocturno. Además, este estilo se caracteriza por presentar gran destreza pictórica, sobre todo en las decoraciones post-cocción presentes en platos y compoteras. Los colores que caracterizan la cerámica del Carchi responden a valores cromáticos primarios: dualidad entre blanco y negro, rojo y amarillo, claro y oscuro.

La pieza del mes de Diciembre es un plato o compotera de la fase Piartal que contiene en su decoración dos aves: un cóndor y un ave más pequeña.  La decoración base de la parte posterior es de color rojo, la cara superior del plato posee una decoración de tono blanco o crema. Las figuras se han generado a partir de la técnica de ahumado en negativo, la cual consiste en dibujar la forma deseada con un aplique de cera sobre un fondo, blanco o crema en este caso, y exponer la superficie al fuego y el humo. Una vez terminado el ahumado se retira la cera y permanece la forma trazada en un principio. En cuanto a los animales, cabe decir que aquellos que llegaban a representarse en la cerámica tenían una relación simbólica con el poder. Las aves de rapiña, así como el cóndor (Vultur Griphus) son animales característicos del paisaje andino hasta el día de hoy. En este plato, el ave principal, posiblemente un ave de rapiña, o un cóndor, contiene otra ave en su pico. Esta puede ser una representación de su significado en la cultura Pasto, y de su autoridad, dominio y poder, tanto simbólico como físico, en relación a otras aves.

Visita nuestra exhibición permanente en donde podrás encontrar maravillosas piezas de la cultura Carchi-Pasto. Además, te invitamos a visitar nuestra exposición temporal “Cosmovisión Andina en las fotografías de Martín Chambi” que estará abierta hasta el 13 de Enero.

 

Jimena Muhlethaler
Mediadora Educativa

 

Los Felinos de la Tolita

Figuras antropo-zoomorfas

Figuras antropozoomorfas
La Tolita-Tumaco ( 600 a.C- 400 años d.C.)
Cerámica
 13,7 cm de alto x  18,8 cm de ancho  y 12,3 cm de alto y 10,2 de ancho 

En el período de Desarrollo Regional (300 a.C.-400 d.C.) en la costa del territorio que hoy es Ecuador, se crean una gran cantidad de figurinas cerámicas que nos muestran composiciones en las que se fusionan rasgos animales y humanos.

Estas representaciones, llamadas antropo-zoomorfas, son poco frecuentes en periodos previos (Formativo 5000 – 300 a.C), sin embargo hay ciertas piezas de dichos períodos que, podrían leerse dentro de aquella función humano/animal, por ejemplo, los monolitos de piedra pertenecientes a la cultura Valdivia que
podrás observar en la sala “Mundo de los ancestros”.

En la mayoría de sociedades prehispánicas de la costa ecuatoriana, el jaguar fue uno de los personajes más representados, especialmente en composiciones antropo-zoomorfas, probablemente por ser el felino más
grande de los bosques tropicales del litoral y uno de sus principales depredadores.

En la iconografía cerámica de La Tolita-Tumaco, el jaguar siempre aparece acompañado de elementos humanos, por esto se ha interpretado que era el animal más admirado por las personas. La gran cantidad de representaciones del jaguar, podrían convertirlo en una de las imágenes espirituales más importantes de La Tolita.
Las piezas del mes son personajes antropo-zoomorfos pertenecientes a La Tolita-Tumaco, su postura,
colmillos y garras evidencian la fuerza y el poder característicos del jaguar.

El Jaguar

Una fuente de información sobre la relación que ciertas sociedades antiguas llevaban con el animal, es el análisis de las crónicas tomadas en la colonia temprana:
El cronista Cieza de León (S.XVI) relataba que en las ceremonias de Colonche, actual parroquia de la provincia de Santa Elena, se bailaba con sonajas en los tobillos y con atuendo de tigre (jaguar), y que se veneraban ídolos con la representación de felinos.

Existe una clara relación entre el jaguar y las prácticas de carácter ritual y en consecuencia, con los y las líderes espirituales de estas sociedades. Esta relación se evidencia a través de la representación del animal sobre objetos dedicados al consumo de sustancias medicinales, o en los ornamentos metálicos de La Tolita utilizados como parte de la indumentaria de los líderes espirituales.

Actualmente, para culturas indígenas que habitan el Amazonas, el jaguar sigue siendo un animal especial y en muchos casos, sagrado. Para la cultura Mai Humna de la alta Amazonía del Perú, el jaguar y el toe (substancia que expande la consciencia) son una sola identidad; y los shamanes pueden transformarse durante su vida o al morir en jaguares. La nacionalidad Waorani de la selva amazónica del Ecuador, tiene al mito del hombre que se transformó en jaguar por primera vez como una de sus principales creencias; que cuenta que cuando las personas Waorani mueren, algunas se transforman en jaguares y estos se consideran ancestros.

 

Saralhue Acevedo Gómez de la Torre
Mediadora Educativa

 

Di-Capua, C. (2002). De la imagen al ícono, estudios de arqueología e historia del Ecuador. Quito: Abya Ayala.

Gutiérrez Usillos, A. (2002). Dioses, Símbolos y Alimentación de los Andes. Quito: Abya Ayala.

Hocquenghem, A. M. (1997). Los colmillos y las serpientes, la autoridad absoluta de los ancestros. En S. E. Marco Vinicio Rueda, Cosmos, hombre y sacralidad (pág. 264). Quito: Abya- Ayala.

Nenquino, I. F. (s.f.). El origen de los Waorani, los cuatro dioses de los Waorani y el hijo del sol. Ministerio del Ambiente, PRAS, MDGIF.

Ugalde, M. F. (2009). Iconografía de la cultura Tolita. Bonn: Reichert Verlag Wiesbaden.

Vasija-silbato ornitomorfa

Vasija-silbato ornitomorfa
Jama-Coaque ( 350 a.C- 1532 años d.C.)
Cerámica
22,1 cm de alto x 17,8 de diámetro cm 

Es muy poco lo explorado sobre la sonoridad precolombina. Es, sin embargo, necesario resaltar que el mundo antiguo estuvo lleno de sonidos, melodías y texturas. Abundan entre las piezas arqueológicas aquellas que, mediante ingeniosos mecanismos, producen sonido. Silbatos, ocarinas y botellas de cerámica, cenojiles de metal y tambores dan cuenta de una tradición creativa enfocada en la producción de artefactos sonoros.

La botella silbato es, sin duda, una de las tecnologías sonoras más atractivas creadas en el Ecuador antiguo, al ser un vínculo entre ritualidad, cerámica y tecnología. Es posible insinuar, por los contextos y evidencias, que su uso fue ceremonial y, en muchos casos, funerario. La disposición de la botella silbato suele basarse en uno o varios recipientes que conectan con el o los silbatos a través de canales. Su funcionamiento requiere insertar agua dentro del envase para que esta transite por canales internos empujando el aire y produciendo un sonido agudo. Los sonidos producidos por las botellas silbato poseen una melodía estable que suele explorar de 1 a 2 notas por cada canal.

 Las más antiguas corresponden a la cultura Chorrera y habrían sido creadas a partir del 1000 a.C aproximadamente. Luego se expandió su uso y creación tanto en culturas del litoral ecuatoriano, Jama-Coaque y Bahía entre ellas, como en culturas de países aledaños como Moche, Nasca y Chimú en el Perú.  Esta expansión por el territorio permitió la creación de botellas silbato tecnológicamente similares pero iconográficamente diversas. De este modo, cada sociedad se permitió representar animales sagrados, plantas autóctonas y personajes característicos correspondientes a su cultura.

 La pieza del mes de octubre es una vasija-silbato ornamentada con figuras ornitomorfas y  corresponde a la sociedad Jama-Coaque (350 a.C-1532 d.C).  Resulta fascinante evidenciar que el desarrollo cerámico de esta cultura llevó a que la botella torne en vasija y, en ciertos casos, en vaso. Esta pieza cuenta con 4 cavidades que facilitan la salida del agua hacia sus respectivos silbatos.

Los pájaros han sido ampliamente representados en artefactos sonoros, posiblemente debido a la diversidad de sonidos que producen y a su relación con los árboles y sus frutos. En botellas silbato, los sonidos resultantes de estas piezas pueden resultar similares a los cantos de las aves que representan.

Además, estos cuatro pequeños animales son silbatos que amplifican el sonido en cuatro direcciones. Esta multi-direccionalidad del sonido nos remiten al concepto de cuatripartición, concepto fundamental de la cosmovisión andina que refiere a la división del cosmos en cuatro direcciones, equivalentes a cuatro puntos cardinales y cuatro elementos presentes en la naturaleza.

Los invitamos a visitar nuestra exposición temporal, abundante en piezas sonoras creadas por diversas sociedades precolombinas que habitaron el Ecuador antiguo.

Jimena Muhlethaler
Mediadora Educativa

 

Aporte científico de una Urna Napo

Urna Funeraria
Napo (900 – 1480 años d.C.)
Cerámica
50 cm de alto x 23,8 de diámetro cm 

Hace más de un año atrás, escribí un artículo para esta revista acerca del rito funerario de Napo, una cultura precolombina que se asentó principalmente en la provincia de Napo en la Amazonía del actual Ecuador, alrededor de los 900 y 1480 años d.C.

La principal fuente de información para dicho texto fue la crónica española de Francisco de Figueroa (S.XVII) acerca de los rituales mortuorios de los Cocamas, posibles descendientes de los Napo. Los Cocamas dejaron los cuerpos de sus difuntos a la intemperie, permitiendo que la naturaleza descomponga la carne. Después de un tiempo, ciertos huesos grandes eran recolectados en urnas cerámicas a su vez conservadas por un período no determinado dentro de sus casas, para luego ser enterradas cerca.

Solo han existido pocas intervenciones arqueológicas de pequeña escala en la zona Napo, lo que ha provisto algunos datos sueltos sobre esta cultura. Pero no se ha excavado ningún sitio funerario como tal hasta ahora y no se tenían estudios formales de las urnas o de los huesos dentro de ellas, principalmente por la extracción fortuita de estas piezas para lo que fueron limpiadas y despojadas del material interno.

La pieza del mes es un caso especial, una Urna Napo que conservaba restos óseos dentro. Este año por primera vez en Ecuador Alejandra Sánchez Polo, la actual curadora del Museo y Nicole Jastremski de la Universidad Central de Washington, analizaron bio-arqueológica y científicamente estos huesos.
Según la prueba de datación, el individuo dentro de la urna era un adulto y había muerto entre los 1021 y los 1152 años d.C. Por el estado del fémur, es posible pensar que esta persona recorría largas distancias a diario en un ambiente natural agreste.

Los huesos presentaban agujeros que usualmente son causados por termitas. Estos insectos prefieren los huesos de la pelvis y el cráneo, que, de acuerdo a los testimonios de extracción de urnas en el Río Napo, casi siempre se encuentran ausentes. Todavía desconocemos si dichos huesos no fueron colocados en las urnas por razones de cosmovisión de los Napo, o si los insectos los devoraron una vez colocados en la urna o del cuerpo, en caso de que este hubiese sido dejado a la intemperie para su descomposición.
Si los huesos faltantes fueron en efecto, comidos por termitas del cadáver (lo cual aún no hemos comprobado), talvez los Napo si dejaron el cuerpo para su biodegradación en el exterior como un primer paso de un proceso funerario complejo.

Este estudio nos ha servido para reforzar la hipótesis de que los ritos de Napo propuestos en el anterior artículo, tenían un proceso similar al de los Cocamas, descritos por Figueroa.
La investigación científica para el aporte en el conocimiento sobre culturas prehispánicas, es una de las tareas más importantes del Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado.
Visítanos y entérate de nuevos descubrimientos sobre el pasado. 

 

Saralhue Acevedo Gómez de la Torre
Mediadora Educativa

 

Polo, A. S. (2018). Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombino. En A. Sánchez, L. López Luján, G. Prieto, R. Burger, M. Romero Bastidas, M. Mármol Villarroel, & F. Espinoza Rueda, Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombino (págs. 20 – 31). Quito: Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado.

Decoraciones Metálicas

Cultura Manteño-Huancavilca

Adorno en espiral y prendedor ornitomorfo
Manteño-Huancavilca (500 – 1532 d.C.)
Cobre
10,1 x 3,4 cm y 2,7 x 1,8 cm

El uso de ornamentos metálicos fue habitual en las sociedades precolombinas del Ecuador y se mantiene hasta la actualidad. Sin embargo, las implicaciones estéticas, formas de preservación, símbolos y significados anclados a dichas decoraciones han cambiado con el tiempo. 

En la actualidad, las personas se preocupan mucho por el mantenimiento de sus objetos de oro, plata o cobre, y cuidan que estos no se oxiden por efectos de la humedad, luz solar o el paso del tiempo.  El brillo metálico, ausente de óxido, parecería ser la forma correcta de apreciar estos objetos debido a que culturalmente se nos ha enseñado a conservarlos y valorarlos de ese modo.

Ahora bien, en el pasado precolombino ¿pudo haberse percibido la oxidación metálica como un acontecimiento positivo o deseable? Las piezas del mes, dos decoraciones de cobre de la cultura Manteño-Huancavilca (500-1532 d.C), referirán al brillo metálico y la ritualidad manifiesta en sus posibles transformaciones.

El mundo precolombino y sus ritos estuvieron poblados de materias naturales resplandecientes en brillo y color. Conchas, piedras y metales de iridiscencia roja, negra y verde abundaron en ceremonias y ajuares funerarios. Según Alejandra Sánchez Polo, curadora del Museo Casa del Alabado,  las materias brillantes expresaban cualidades de trascendencia en la América precolombina y, por tanto, se consideraban entes suprahumanos.

La primera pieza con motivos espirales en rojo, el color se debe a procesos de restauración que eliminaron los óxidos para devolverle su tonalidad original. La segunda pieza tiene forma de pájaro en color verde cobrizo, debido a procesos naturales de oxidación. Este conjunto nos permite apreciar un antes y un después en piezas del mismo material.

La curadora sostiene que el cambio del rojo al verde en piezas de cobre, debido al proceso natural de oxidación, fue una transformación deseable por las cualidades sagradas relativas al verde.  En este sentido, es válido afirmar que los orfebres de la cultura Manteño-Huancavilca procuraron la oxidación de ciertos metales como el cobre, en lugar de prevenirla. Muchas de estas piezas fueron depositadas en contextos funerarios.

Este tipo de reflexiones se revisan ampliamente en nuestra exhibición “Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombino”, en donde podrán encontrar maravillosas piezas referentes al brillo sagrado. Nuestra muestra temporal estará abierta hasta el 2 de septiembre.  

 

Jimena Muhlethaler
Mediadora Educativa

 

Polo, A. S. (2018). Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombino. En A. Sánchez, L. López Luján, G. Prieto, R. Burger, M. Romero Bastidas, M. Mármol Villarroel, & F. Espinoza Rueda, Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombino (págs. 20 – 31). Quito: Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado.

De la tierra al arte

Botella silbato zoomorfa
Chorrera (1000 – 100 a.C.)
Cerámica
18,0 x 16,0 cm

Cuando nos acercamos a piezas pre-Hispánicas, se nos proveen teorías sobre su temporalidad, representación, uso y simbología, pero no es tan común hablar sobre su materialidad y proceso de elaboración. La mayoría de la colección del Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado está constituida por objetos cerámicos de las sociedades que habitaron lo que hoy es Ecuador. Muchas de estos, pertenecen a la cultura Chorrera (100 – 400 a.C.) que habitó la región de la Costa y tuvo un interesante desarrollo en el campo alfarero.

La pieza del mes es una botella silbato, artefacto sonoro que funciona con aire y agua creado por primera vez por la cultura Chorrera, con la representación de un mono. Su brillo y colores se consiguieron a través de un fino proceso de manufactura.

La gente de Chorrera (1000 – 400 a.C.) coloreaba sus cerámicas utilizando técnicas heredadas de culturas pasadas, pero también desarrollaron acabados más brillantes que otras sociedades costeras. El proceso para obtener una pieza cerámica por lo general empezaba con la técnica de desgrasante, en la que la arcilla era mezclada con varias sustancias, como conchas y pedazos de otras cerámicas, cenizas volcánicas y fibras vegetales. Estos materiales eran procesados hasta convertirse en polvos, que proveían cohesión y preparaban la pieza para soportar la cocción (Heras y Martinez, C.M., 1992). Posteriormente la arcilla era moldeada o modelada a mano de acuerdo a la figura que se quería crear.

La coloración se lograba aplicando capas de una solución diluida de arcillas con diferentes tonos sobre la superficie del objeto. La solución era rápidamente absorbida por la arcilla y pasaba a formar parte de la pieza. En el caso de Chorrera, los colores que más se utilizaban eran el rojo, el crema y el marrón claro.

El bruñido venía antes de la cocción y era el paso más importante para dar brillo al objeto. Consistía en frotar la pieza con elementos planos como pedazos de cuarzo o cuentas de piedra pulida, para cerrar los poros de la arcilla y alisar la superficie. La cocción convierte la arcilla en cerámica, lo que permite un pulido final lustrando la cerámica con pedazos de textil o finas cortezas de árbol.

La cultura material de las sociedades precolombinas representa un reto para el campo investigativo, dentro del cual presentamos con orgullo la exhibición temporal “Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombino” que se aproxima al color y la brillantez del pasado desde una perspectiva científica y simbólica.

Visítanos y descubre las fuentes y significados de la cromática que da vida al patrimonio antiguo.

Saralhue Acevedo Gómez de la Torre
Mediadora Educativa

Heras y Martinez, C.M. (1992). Glosario terminológico para el estudio de las cerámicas arqueológicas. Revista Española de Antropología Americana(22), 9-34.

El color como un mensajero cultural:

interpretación simbólica de dos piezas Jama Coaque

Personajes Antropomorfos
Jama Coaque (350 a.C. – 1532 d.C.)
Cerámica
7,5 x 9,5 cm and 16,5 x 10,7 cm

El color es una propiedad intrínseca de todos las materiales que conforman el universo. La historia del color es la historia de la visión humana. Los seres humanos propendemos a reconocer las cosas por sus características físicas pero también por sus tonalidades que nos sirven para crear estereotipos. Así, la vida social está cargada de elementos cromáticos que sirven a la comunicación de los individuos: llevamos coloraciones prendidas al cuerpo como forma de expresión.

El mundo precolombino, como el actual, estuvo cargado de colores y significados. Estas vivieron un desarrollo cromático muy extenso que se manifestó, entre otras cosas, en pigmentos y arcillas. Es común pensar en las piezas arqueológicas como objetos cargados de opacidad y, en este sentido, imaginar sus colores originales supone un reto. Es posible que cada aspecto de la vida ritual precolombina, haya contado con su propio color.

La cultura Jama Coaque nos servirá para ilustrar todas estas condiciones. Cabe comenzar por detallar que su paleta cromática en la que predominaron los tonos negro, amarillo, blanco, rojo y verde. Basta con observar sus coloridas figuras antropo y zoomorfas para notar que los juegos cromáticos utilizados por los artesanos, no se aplicaban al azar. Algunas investigaciones suponen que existe una tendencia a vincular color con género y, en ciertos casos, edad. Existieron pigmentos que se aplicaron en las cerámicas precisamente para representar y diferenciar mujeres de hombres, no solo a través de sus rasgos físicos sino también de los tonos de pintura que cargaron en su piel. En estas prácticas, el cuerpo servía como un lienzo para expresar acontecimientos, ritos y funciones de la persona. De acuerdo con lo establecido por Andrés Gutiérrez Usillos (2011) existe una tendencia, en las cerámicas de esta cultura, que consiste en usar el color amarillo para pigmentar a las mujeres y el color negro para decorar a los hombres.

En la imagen de la izquierda, observamos una mujer sentada con un vistoso tocado multicolor que mezcla la paleta antes mencionada. Las manos, brazos y piernas se encuentran coloreadas de amarillo, del mismo modo en que sucede en muchas otras piezas femeninas. Esta decisión puede vincular al amarillo con la feminidad, la fertilidad y los ritos de paso entre un ciclo y otro en la vida de la mujer.

En la imagen de la derecha, observamos a un hombre con el cuerpo decorado con un pigmento negro y la cara pintada de blanco, amarillo y rojo, con detalles de color negro. Las investigaciones etnográficas refieren a la tendencia precolombina de colorear el cuerpo masculino de color negro como sucede con los shamanes negros que son los encargados de conectar con regiones subterráneas.

Estos superficiales ejemplos, documentan la capacidad de los colores de enviar mensajes trascendentes en el tiempo. Los invitamos a visitar la muestra temporal “Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombina” que estará abierta a partir del 2 de junio al 31 de agosto de 2018.

Jimena Muhlethaler
Mediadora Educativa

Gutierrez Usillos, A. (2011). El eje del Universo. Chamanes, sacerdotes y religiosidad en la cultura Jama Coaque del Ecuador prehispánico. Madrid: Ministerio de Cultura.

VV.AA. (2016). El color de los dioses. Ciudad de México: INAH, Liebieghaus, INBA.

Las Huacas Andinas

Esferas hechas en piedra
Manteño-Huancavilca (700 d.C. – 1532 d.C.)
Cerámica
Varias medidas

En el norte de la región andina del Ecuador, en la actual provincia de Imbabura, se pueden admirar dos grandes montañas: Mama Cotacachi y Taita Imbabura. Ambas protagonizan una leyenda de la cultura popular que nunca se cuenta de la misma manera. Ahora compartiré con ustedes la versión que yo conozco.

Todo empezó hace mucho tiempo cuando ambos montes eran cerros y jugaban juntos, desde entonces, ya se amaban. Cuando llegaron a ser adultos, un monte joven con manto blanco de nieve, llamado Cayambe, atrajo la atención de Mama Cotacachi. Al ver esto, Taita Imbabura se llenó de celos, erupcionó y lanzó piedras con toda su furia al Cayambe, quien al ver semejante poder decidió apartarse.

Hasta hoy en el relieve sur del Taita se puede observar un hueco profundo de piedra donde solía estar su corazón, perdido en aquella pelea.

Finalmente Mama Cotacachi recordó su amor por el Taita Imbabura. Los habitantes de las zonas aledañas dicen que tuvieron por hijo a Yanaurco, un pequeño cerro que amanece levemente nevado cada vez que sus padres están juntos. También se dice que el fuerte viento que sopla en las noches son los besos que se mandan la Mama y el Taita.

Esta leyenda nos revela que ciertas montañas tienen edades, consciencia, sentimientos, capacidad de comunicación y reciprocidad, nombres e historias, como si fueran personas. En las cosmovisiones de muchos pueblos andinos, desde el tiempo precolombino hasta la actualidad, se atribuyen estas cualidades a seres de la naturaleza. Desde montañas hasta lagunas, cascadas e incluso elementos como piedras, son considerados “huacas”.

Huaca, es un término que proviene del idioma kichwa y tiene muchos significados actualmente, como llanto, o “tesoros” arqueológicos, desde piezas de metales finos como el oro hasta objetos variados de arcilla que pertenecieron al pasado.

Pero el primero de sus significados como “ente dotado de consciencia”, es el que cautiva nuestro interés ya que es un concepto que ha sido poco explorado en museos. Por tal razón, el Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado ha puesto en escena la micro-exhibición temporal LA HUACA ¿Espíritu o materia? en la que través de tres voces distintas -mestiza, indígena y española- se cuenta sobre las huacas, y se explora diferentes maneras de entender el mundo a inicios del siglo XVII en la región andina.

Las piezas del mes son rocas pertenecientes a la cultura Manteño-Huancavilca (700 – 1532 d.C.), que han pasado por un proceso minucioso de trabajo para tener la forma de esferas perfectas en diferentes tamaños y colores. Esto nos conduce a pensar que se destacaban del resto y que eran consideradas especiales, cualidades que van de la mano con “La Huaca”.

Saralhue Acevedo
Mediadora Educativa

 Bray, T. (2009). An Archeological Perspective on the Andean Concept of Camaquen. Cambridge Archaeological Journal, 19 (3): 357-366

Concha Spóndylus y Obsidiana

en el mundo precolombino

Izq.: Expansores de orejas, Cerro Narrío (2000 a.C. – 400 d.C.), 3,6 cm x 1,7 cm, concha Spóndylus

Der.: Tolita (600 a.C. – 400 d.C.). Espejo: 0,4 cm x 3 cm. Cuchillo: 9,3 cm x 1,7 cm. Láminas talladas de obsidiana: 7,2 cm x 6,2 cm

El trueque en el mundo precolombino fue una tarea diferenciada, multidireccional y extensiva que servía para el contacto económico, cultural y ritual entre sociedades aisladas políticamente. Estas reaccionaron a la diversidad ambiental a través de la creación de redes de intercambio recíprocas e interconectadas.

Tanto el intercambio como los intercambiadores de productos fueron relevantes para las sociedades precolombinas. El término mindalae es una palabra quichua que refiere a las personas encargadas de transportar los productos de una región a otra. Ellos gozaron de reconocimiento ya que fueron responsables de guiar las expediciones de intercambio por mar y por tierra. Las misiones de intercambio por tierra requerían un sentido de orientación muy prolijo dentro del territorio, y aquéllas realizadas por mar llevaron al desarrollo de tecnologías de navegación.

El intercambio fue extensivo, algunos productos se utilizaban de forma genérica en múltiples culturas, sin importar si estas pertenecían a la Costa o de la Sierra. Dos ejemplos útiles para comprender esta particularidad son los intercambios de la concha Spondylus y la obsidiana.

La Spondylus es una concha con detalles rojizos y anaranjados que llega a la costa del Pacífico junto con la corriente marina cálida conocida como El Niño. La Spondylus Princeps, una especie muy apreciada de esta concha, fue abundante en la costa ecuatoriana donde se utilizó con fines rituales por primera vez. En el mundo precolombino representó una fuente de anuncio de la temporada de lluvias. Este emblema ritual llevaba consigo un fuerte valor simbólico ya que fue considerado como “símbolo de fertilidad por cuanto está asociada a la feminidad y a la lluvia, ambos elementos necesarios para la reproducción de seres humanos y plantas” (Ontaneda, 2010, pág. 43). El intercambio de Spondylus comenzó en el Período Formativo (4000-3000 a.C.) y, gracias a sus facultades rituales, se exportó desde la costa hacia otros territorios.

La obsidiana es un cristal volcánico que puede pulirse o tallarse para manufacturar diferentes utensillos. Fue utilizada tanto para elaborar artefactos cortopunzantes como flechas, cuchillos y armas; también se empleó para formar “espejos” que, al ser utilizados con fines rituales, otorgaban la facultad de ver más allá. La obsidiana fue un producto intercambiado desde la Sierra hacia la Costa, su presencia en la costa prueba el rol del intercambio interregional de larga distancia en la integración de las culturas prehispánicas de los Andes.

El intercambio de Spondylus por la obsidiana, y viceversa fue, muy probablemente, una forma común de trueque realizado entre las culturas de la Costa y la Sierra. Es interesante revisar estas estrategias de intercambio ya que esto nos permite rastrear la naturaleza de las conexiones entre territorios y sociedades. El valor de los productos no estaba precisamente relacionado con la simple satisfacción de las necesidades materiales; había propósitos rituales que las sociedades precolombinas buscaron satisfacer con urgencia. Tanto la obsidiana como la concha Spondylus fueron intermediarios del trueque de ideas.

 

Jimena Muhlethaler
Mediadora Educativa

Marcos, J. (1980). Intercambio a larga distancia en América: el caso del Spondylus. Boletín de antropología latinoamericana, No. 1 (junio 1980), 124-129.

Ontaneda, S. (2010). Las antiguas sociedades precolombinas del Ecuador. Un recorrido por la Sala de Arqueología del Museo Nacional. Quito: Banco Central del Ecuador.

El caimán de Tolita

Figura Zoomorfa
Tolita-Tumaco (600 a.C. – 400 d.C.)
Cerámica
4,9 x 5,8 cm

La cultura Tolita Tumaco se asentó en la actual provincia de Esmeraldas, en el norte de la costa ecuatoriana y el sur de la costa pacífica colombiana entre los 600 años a.C. a los 400 d.C. El ambiente natural que habitaron era una selva subtropical húmeda que estaba cargada de todo tipo de especies animales, similares a los que se encuentran en el Amazonas: el jaguar y el tigrillo, abundantes tipos de anfibios y por supuesto, reptiles como el caimán.

En dicho ecosistema el caimán era uno de los depredadores más feroces e imponentes, lo que lo convertía en un ser importante posiblemente mitológico para la cultura Tolita-Tumaco, puesto que se ha representado en abundancia en las piezas de cerámica y metal de esta cultura.

Donald Lathrap (1973) sostiene que los caimanes fueron percibidos por varias culturas indoamericanas como deidades duales y andróginas que median entre fuerzas como lo femenino y masculino, el día y la noche o el cielo y la tierra. En Tolita-Tumaco se han encontrado representaciones bicéfalas1 de caimanes que podrían relacionarse con esta teoría, no obstante la arqueóloga Ugalde (2009) menciona que en Tolita- Tumaco no hay la suficiente evidencia iconográfica como para vincularlo con el postulado de Lathrap.

Las representaciones en cerámica suelen mostrar al caimán en piezas de grandes dimensiones (30 x 50 cm) con cuatro ojos acompañados de grandes pestañas, un par a cada lado de la cabeza. También hemos visto algunas figuras en que se reemplaza las piernas de personas por la cabeza del caimán, es decir mitad persona, mitad caimán. Muchas de estas últimas, aparecen con las cuencas de los ojos vacías, lo que ha generado la hipótesis de que podría relacionarse con la representación de la muerte.

En varias culturas en todo el continente americano, se encuentran mitos que vinculan al caimán con el origen del universo. En Centroamérica existe la creencia, que no siempre se cuenta de la misma manera, de que el desmembramiento del cuerpo del caimán dio origen a diferentes elementos del mundo, su cola se transforma en el árbol de ceiba, sagrado para la cultura Maya, y de sus grandes fauces se abre la entrada al inframundo (Gutiérrez Usillos, 2002).

 

La pieza del mes es una representación cerámica de la cultura Tolita-Tumaco con la figura de un caimán con dos cabezas, ven al museo y conoce más de esta cultura precolombina y sus maravillosos reptiles.

Saralhue Acevedo Gómez de la Torre

Mediadora Educativa

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  1. Gutiérrez Usillos, A. (2002). Dioses, Símbolos y Alimentación de los Andes. Quito: Abya Ayala.
  2. Lathrap, D. (1973). Gifts of the Caiman. En D. D. Lathrap, Variations of Anthropology: Essays in honor of Jhon H. MacGregor (págs. 91-105). Illinois: Urbana: Illinois Archaeological Survey. .
  3. Ugalde, M. F. (2009). Iconografía de la cultura Tolita. Wiesbaden: Reichert Verlag

1. Que tiene dos cabezas

Sellos, emblemas de Jama Coaque

Sellos Jama Coaque
Jama Coaque (350 a.C. -1532 d.C.)
Cerámica

Los sellos y pintaderas conforman una de las categorías más atractivas dentro de la colección que resguarda el Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado. Estas piezas fueron utilizadas por varias culturas precolombinas que habitaron la costa del Ecuador, a manera de utensilios para marcar el textil, la piel y otras superficies como cerámica.

Jama Coaque (350 a.C. – 1532 d.C.) cuenta con un enorme rango de representaciones en sus sellos que van desde figuras zoomorfas[1] naturalistas y formas geométricas, hasta siluetas antropo-zoomorfas[2]; mismas que expresan la complejidad del imaginario y entendimiento del universo que tenía la cultura.

El hecho de que los sellos eran utilizados para marcar la piel nos lleva a la pregunta: ¿Son estos patrones y formas solamente un elemento decorativo? ¿O transmiten un mensaje de un significado más profundo?

Es muy posible que las representaciones de los sellos hayan estado relacionadas con los mitos y creencias de Jama Coaque. Sin embargo, también podrían haber sido distintivos de los diferentes roles que una persona desempeñaba dentro de la organización social de la cultura. Otra teoría sostiene que funcionaban como emblemas de identidad, es decir, que indicaban la pertenencia del individuo a un grupo específico de la sociedad. Así mismo, algunos autores opinan que los sellos cilíndricos podrían haber actuado como ornamentos (Fernandez-Salvador, 2014), ya que Jama Coaque posee figuras cerámicas en donde aparecen mujeres usando dichos artefactos a manera de dijes.

Si las mujeres lucían sellos como parte de sus atuendos, ¿es posible pensar que estaban a cargo de marcar a otras personas? Andrés Gutiérrez Usillos (2011) propone que los animales que se muestran en ciertos sellos representan ancestros míticos que caracterizan a clanes familiares y que si las mujeres otorgan estos emblemas de pertenencia a las personas, entonces probablemente sean ellas quienes transmiten el parentesco. A su vez, esta hipótesis está relacionada con el hecho de que los tatuajes, aunque no podemos afirmar que sean marcas de sellos o escarificaciones, aparecen únicamente sobre los cuerpos de figuras femeninas. Otra alternativa es que las mujeres que llevan sellos eran parte de un conjunto específico de chamanes, probablemente a cargo de marcar símbolos y emblemas de las distintas divinidades sobre diferentes superficies, dentro de un determinado ritual.

Es importante mencionar que más allá de las interpretaciones e hipótesis, emergentes de nuestra investigación y análisis contemporáneos sobre la simbología de las piezas, existe una realidad en el pasado que estamos lejos de entender.

Las piezas del mes son dos sellos Jama Coaque, uno cilíndrico con patrones geométricos y uno plano con la representación de un personaje antropo-zoomorfo.

 

Saralhue Acevedo
Mediadora Educativa

Fernandez-Salvador, C. (2014). El ornamento: entre la imitación y la abstracción. En J. G. Carmen Fernandez Salvador, El Ornamento. Belleza y Poder en el Ecuador Antiguo (pág. 15). Quito: Universidad San Francisco de Quito/Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado.

Gutierrez Usillos, A. (2011). El eje del Universo. Chamanes, sacerdotes y religiosidad en la cultura Jama Coaque del Ecuador prehispánico. Madrid: Ministerio de Cultura.

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[1] Que tiene forma de animal.

[2] Que tiene forma humana y animal.

Los danzantes de Jama Coaque

Danzante Jama Coaque
Jama Coaque (350 a.C. -1532 d.C.)
Cerámica
25 x 19 cm.

A lo largo de la historia, la danza ha sido una de las más recurridas expresiones que el ser humano ha escogido para manifestar su ritualidad. Sin embargo, el ritual de la danza, puede variar de cultura a cultura, contener diversos significados y realizarse de distintos modos.

Para Jama Coaque (350 a.C. – 1532 d.C.), que habitó distintas zonas en las actuales provincias de Manabí, Esmeraldas y Santo Domingo de los Tsáchilas; en términos generales, la danza posiblemente era una manera de rendir culto a las divinidades, cuya influencia recaía sobre los ciclos climáticos y de cultivo, o, podía haber estado relacionada con el conjunto de creencias que constituían la cosmovisión de la cultura (Gutierrez Usillos, A, 2011).

Gracias a estudios de la iconografía, se ha determinado que en la sociedad Jama Coaque, existían distintos roles: caciques o líderes políticos, chamanes o líderes espirituales, danzantes, guerreros, entre otros. Sin embargo, ciertos danzantes presentan besotes, que son pendientes para el labio inferior; y se han considerado, iconográficamente, como atributos de un/una líder espiritual o chamán. Por lo cual, pensamos que haya existido una flexibilidad dentro de estos roles; por ejemplo, que ciertos chamanes podían realizar distintos tipos de rituales en los que tendrían que danzar, lo que no significa que todos los danzantes eran chamanes.

Probablemente, existían diferentes tipos de ceremonias dentro del mundo de la danza en la cultura Jama Coaque, ya que los danzantes se representan con variada indumentaria y performando acciones de distinta naturaleza. En algunos utensilios para el uso de sustancias se encuentran también representaciones de danzantes, lo que quiere decir que tal vez, cierto tipo de rituales estuvieron acompañados por el consumo de plantas sagradas.

Existen danzantes cuyos trajes evocan animales como la lechuza, el búho y ciertos felinos. Otros, se muestran con un tocado especial que puede ser manipulado utilizando dos sogas que cuelgan a los costados, para cerrarse o abrirse en medio de la danza. Así mismo, existen ciertos danzantes que llevan una especie de capa en la espalda, sostenida desde las muñecas, como el que se puede apreciar en la imagen.

La pieza del mes, es una tableta que posiblemente se utilizó para inhalar la semilla de la vilca (anadanthera colubrina), cuyas propiedades facilitan la expansión de conciencia. En la parte frontal de la pieza está la representación de un danzante, en sus tobillos y pantorrillas usa ornamentos que probablemente tenían propiedades sonoras, y como muchos otros, este danzante se muestra tocando un silbato que se sostiene por una cuerda atrás de la cabeza, permitiendo que las manos queden libres para danzar. Una evidencia más del vínculo que existía entre el sonido y la danza en Jama Coaque.

Saralhue Acevedo
Mediadora Educativa

Gutierrez Usillos, A. (2011). El eje del Universo. Chamanes, sacerdotes y religiosidad en la cultura Jama Coaque del Ecuador prehispánico. Madrid: Ministerio de Cultura.